1/13/2010

Cuando Fin de Año es un día de mierda o crónica de un Fin de Año (en tres actos) - III

Acto tercero: Mierda

Hay pocas verdades indiscutibles en el universo.

Una de estas leyes es:

“Cuando no eres fumador, y no tienes la posibilidad de echar el polvo mañanero para irte al curro con la sonrisa en los labios, la segunda mejor cosa que puedes hacer es tomarte un buen café espresso, hecho por tu cafetera ultrapija, y degustarlo mientras revisas el mail que dejaste ahí hace cuatro horas (no sea que haya pasado alguna hecatombe mientras dormías y no te hayas enterado, o que te haya tocado una lotería vía forward de esas que te mandan los colegas sin CCO)”.

Y esto, como diría un amigo mío, es así (para darle más énfasis se puede añadir “¡Copón!”).

Junto con la calefacción, que te permite salir de la cama con los mínimos exigibles de ropa (esto es: la interior), otra de las fantásticas comodidades del siglo XXI, es la cafetera automática con cápsulas. Puestos a elegir, escojamos esa delicia de café italiano que se ha puesto de moda ahora, por encima de la de toda la vida que anuncian actores en televisión.

Y bueno, ya que de mañana no se folla, pues qué menos que un buen café, digo yo. Así que vamos a ello.

Fíjate qué grande es el cerebro, que él solito empieza a introducir la ilusión del aroma del café recién hecho en tu nariz. Mientras caminas hacia la cocina, lo vas notando, ese aroma tostado, con un ligero dejo margo, lo justo, y eso te recuerda la textura sedosa y su cuerpo, con un toquecito de azúcar. Ah… Esto es vida.

El caso es que como en otras tantas cosas, encender la luz es la vuelta a la cruda realidad, donde la imaginación da paso a las más catastróficas siatuaciones: cuando te das cuenta que efectivamente ayer estabas borracho y vomitaste en medio del pasillo, cuando descubres que tienes un bulto estorbando al otro lado de la cama y no recordabas que (joder, ¿en serio?) era tan feo, etc.

Sí, amigo mío, sí. Porque al encender la luz de la cocina viste… ¡EL CHARCO!

Pero vamos a ver. Recapitulemos. Hoy no es veintiocho de diciembre, ni es martes trece, ni es viernes trece, ni ninguna otra fecha satánica que valga la pena mencionar. Entonces… ¿Qué coño hace ahí en medio ese puto charco OTRA vez?

Miras con odio hacia la lavadora. Mentalmente la amenazas con aporrearla con un martillo hasta la saciedad. En eso, un pensamiento tenebroso asalta tu mente: no me jodas que también se está lloviendo el baño de nuevo.

Corres hacia el baño, pero todo está en orden. Por prudencia, vas al recibidor y compruebas todos las palanquitas del cuadro de mandos, y todo está en su sitio. Respiras tranquilo y vuelves a por el puñetero café. Te viene a la cabeza una analogía: la del café a medias y un polvo a medias. Las dos te dejan un jodido sabor amargo en la boca y provocan un pequeño cúmulo de mala ostia.

Después de recoger otra vez el agua te vas a tu queridísimo sofá con el café en la mano, medio frío, que por cierto, ya no es para nada espumoso. Ni tele, ni pollas. Que le den al mundo, que le den a las noticias, que se joda el Año Nuevo, el fin de año, la noche vieja y su puta madre.

Quien coño te mandaría a ti invitar a los amigos a cenar en tu casa, en un alarde de buen anfitrión. Ahora tienes que ir a la oficina, llegar a casa a las tres (por gracia divina hoy la jornada es reducida), y preparar las cosas.

Entonces, de sopetón, un ruido te saca de tu ensimismamiento. Pero no es un estruendo, ni algo subido de tono. Es algo más sutil, más difícil de percibir. Incluso es rítmico, y no cesa. Es un curioso *ploc, ploc, ploc*.

¡Ay, la leche! ¿Ploc, ploc, ploc?

Eso te suena a algo conocido, y desde luego, no es un ruido que pueda hacer la lavadora. Es más bien algo como las goteras, y las fugas de agua, y cortocircuitos.

Te acercas de nuevo a la cocina, y te paras a escuchar por las paredes, con muchísima atención, aunque sin ver nada llamativo.

Hombre, desde luego no son imaginaciones tuyas, pero es obvio que por ahí pasa algo. Aunque claro, como no entiendes de fontanería, es posible que simplemente sea agua cayendo poco a poco por la tubería. Que vamos, igual es normal, solo que –por norma general- tienes cosas más interesantes que hacer en el día cuando estás en casa que comprobar cómo suena una tubería por la que pasa el agua con normalidad.

Ya estás a punto de pagar la luz cuando el *ploc, ploc, ploc* deja de escucharse. Pero en su lugar aparece un *fsssssssssssssssssssssssssss*, y te das cuenta de una cosa. *Fsssssssssssssssssssssssssss* suena como que bastante más continuo, y si quieres mi opinión, suena a más amenazante.

Vuelves a la pared que estabas observando, y claramente ahí está, por fin se deja ver esa fuga de agua viperina y traicionera que te ha estado jodiendo la existencia sin tu saberlo durante tres putos días.

Pero la amenazas zarandeando en la mano derecha el libreto del Seguro del Hogar, porque ahora vas a volver a llamar el Técnico y La Fuga se va a cagar en las bragas. Vaya que sí.

Ahora que ya te lo digo, mientras ha pasado todo esto has perdido la noción del tiempo y por si no lo recordabas, tenías que ir a la oficina. Pero no puedes irte hasta que arreglen, así que te quedas esperando al fontanero y ya llamarás a avisar que llegas tarde.

Por cierto, que en un Banco el 31 de diciembre es uno de los peores días para faltar, porque es el que se celebra anualmente como día del Apocrilipsis Mundial, en el que los duendes de las transferencias trabajan a destajo y los clientes se dan cuenta de sus más acuciantes necesidades de efectivo. Así que ármate de valor para decirle al Jefe que no vas a llegar en hora, en una jornada con 5 horas laborables y prepárate para que piense que te estás escaqueando.

El *fsssssssssssss* cada vez más insistente te saca de tus pájaras mentales, y llamas de nuevo al seguro a ver si el Técnico tardará mucho. Éste llega aproximadamente cuatro pasadas de mocho más tarde. Comprueba el baño, que está seco, y va a la cocina.

Bueno, qué decir de tu cocina.

Verás, en tu cocina se puede grabar ahora un documental. Por las junturas entre el suelo y la pared está saliendo una cantidad considerable de agua, y un geiser se ha abierto sitio en una de las paredes.

Evacuas prudentemente la caseta de arena de los gatos, su agua y su comida. De paso, los pones en cuarentena en otra zona de la casa.

En esas oyes una voz que dice: vamos a tener que empezara a romper.

¡Oh my fucking God! ¿A romper? ¿A romper qué?, te preguntas.

La pared, obviamente.

Y el fontanero empieza a picar sin piedad en la pared de tu cocina recién reformada, como un médico abriendo se paso entre carne gangrenada con la única ayuda de su fuerza de voluntad, armado de su bisturí, echando a un lado la materia inservible y purulenta que impide alcanzar una sección limpia donde poder atajar la infección.

Bueno, vale. No es lo mismo, es más peliculero, pero si lo miras comparándolo con un problema médico, en el que entras en la consulta y dices: Doctor me duele aquí, (señalando un costado del vientre) y te meten al quirófano porque es apendicitis, se parece, digo yo. A mí me vale la analogía. A tomar pro culo.

Y llegamos a la parte del diagnóstico, cuando el Técnico dice: es una obstrucción del bajante de la Comunidad.

Y digo yo, ¿qué pasa? ¿Qué Frodo ha tirado el Anillo Único por el bajante? ¿Tengo vecinos hobbit que lanzan pelos por el bajante? ¿Se atascó con panes Lenva? ¿O qué mierda?

Total, que le miras con cara de “A mí que me explicas, me has roto la pared, ahora lo arreglas, y lo dejas como nuevo”. Pasa que no sabes cómo, el fontanero ahora se parece a una especie de balrog llameante y no hay huevos de decírselo. Se ha fortificado detrás de un escudo de fuerza que dice “Problema de la comunidad” y parece que todas tus miradas malignas, tus palabras amenazadoras y hasta tus lloriqueos resbalan y no producen efecto.

Pues ahí te quedas.

Con tu agua, que ahora ya sabes que es fecal. Eso quiere decir que el mal olor que había no era de la piedra de los gatos no, es de las meadas y cagadas de los vecinos. Por cierto, que te cuestionas cómo es que sale medio claro y no es de color marrón, aunque tampoco te quejas del detalle.

Vuelves a llamar al trabajo, a comunicar que definitivamente no podrás ir hoy. Llamas al presidente de la comunidad, al vicepresidente, a los vecinos. Los dos primeros no están, y los demás no saben nada del seguro comunitario ni teléfono de emergencias.

Cuando ya estás hasta los cojones de recoger agua que no cesa de verter en la cocina, por quien sabe dónde que se está filtrando, llama el Seguro de la Comunidad, que horas más tarde (aproximadamente cinco), manda otro fontanero. Cuando oyes el tiempo que van a tardar, obviamente chillas, amenazas, entras enrage y todo el repertorio. Te advierto que no sirve de nada, porque están más acostumbrados a tratar gente estresada como tú, que tú a tratar gilipollas como ellos.

Entonces llega la fase de resignación y aprovechamiento del tiempo, que consiste en mirar el reloj, ver que son la una de la tarde, sacar cuentas del tiempo perdido, de todo lo que te queda por hacer, ir a por la compra, y empezar a preparar la cena de fin de año.

A partir de ahí todo es como una película muda absurda que pasa a cámara rápida, porque cuando llegan los operarios tú estás en la cocina, haciendo hojaldritos mientras un sutil aroma a mierda invade tus fosas nasales y se te cuela hasta lo más hondo del cerebro. Como pasa con el olor a lejía, sabes, pero más desagradable.

Mientras tanto, que sepas que tienes una catarata de agua cayendo por el baño en suitte de tu habitación, pero tranquilo achicando con una toalla aproximadamente quince minutos, lo arreglas. eso sí el parqué empapado, se lo reclamas a la comunidad, junto con tu ataque de nervios. Suerte que aprovechaste a hacer un video (que podrías colgar en Youtube) de tu visita a las nuevas cataratas de la vecindad.

Te mandan a casa un camión para que acaben con la obstrucción de la cañería, y los técnicos parecen una especie de astronautas con sus botas enormes de plástico, sus guantes que evitan calambrazos eléctricos y una manguera que ya la querría el Rocco Sifredi ese.

Pero esta parte, hay que imaginarla a cámara lenta.

Ahí tenemos a los sufridos muchachos, con su gran manguera a los pies y sujetando un enorme taladro que va a agujerear el bajante que pasa por tu pared.

Entonces, nada más practicar el agujero, empiezan a saltar en todas direcciones por la cocina cantidades industriales de tropezones con diferentes tonalidades –y hasta diferentes texturas, me atrevería a decir yo- de marrón. Grandes, y medianos y pequeños, acompañados de un líquido de tono ocre y asqueroso. Que sí, a qué engañarnos: es mierda.

Y entre todo ese mejunje que nada tenía que envidiar al café con tropezones de Austin Powers 2, saltaron cúmulos de compresas usadas y toallitas del culo y quien sabe qué mierdas (en sentido figurado, nos referimos ahora) más.

Vamos, que surgió tal cantidad de heces que podrías haber abierto tu propia sucursal de Shitbucks.

Pero, tranquilidad. No desesperes. Después de mirar el reloj compruebas que son las siete y media. Aun tienes dos horas y media para limpiarlo todo, acabar de cocinar, preparar el salón, ducharte y arreglarte.

¡Eh! ¡Ánimo! Usa tus habilidades de Flash, fijo que de esta te salvan.

Y la moraleja de todo esto es: señoras, las compresas no se tiran por el water, ni las toallitas de los bebés; señores, los condones a la papelera. Que para cuatro veces al año que follan, no hace falta que lo notemos porque nos embozan el bajante.

Moraleja dos: pórtate bien o los Reyes Magos te harán llegar mierda de verdad, y no de esa dulce y comestible.

Vaya fin de año de mierda…

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